sábado, 16 de octubre de 2010

Gotas de lluvia

Capítulo 1º

Cerrando la puerta del coche alguien le saludó desde la otra acera, ella se giró y mal coordinado dejo caer las llaves del vehiculo sobre el bolso, el movimiento hizo que cayeran en el suelo. Saludó con la mano a su vecina de una forma poco efusiva, no hacía falta interpretar ningún papel con aquella señora, si podía llamarsela así. Inclinandose para recoger las llaves observó que algo tenía pegado la rueda delantera del coche, con intriga agudizó y de un espasmo abrió los ojos de par en par, y como si no ocurriera nada alargó la mano ocultando el objeto con el bolso, allí muy lentamente y con gran cuidado despegó el objeto de dicha rueda. Con mucha cautela y disimulo lo introdujo en el bolso.
- Dios bendito, no me lo puedo creer -. Dijo en voz baja mientras se llevaba la mano derecha a la boca.
- Por qué hablas sola? - Preguntó su vecina que justamente aparecía desde atrás.
- Como! -. Exclamó con un respingo afianzando con fuerza el bolso.
- Tranquila mujer, no pretendía asustarte.
- Pensé que era un ladrón -. Aventuró con una torpe evasiva.
La compañera se acercó más aun.
- Estás sudando, te ocurre algo? -. Le tomó las manos para tranquilizarla pero la joven mujer de forma involuntaria las rechazó.- Elena te veo muy nerviosa, tranquilizate pues hace ya muchos años que no ocurre ningun robo a kilómetros de aquí, la seguridad está más que garantizada.
Elena respiró profundamente y tras espirar se relajó.
- Disculpa Marína, que tonta he sido -. Disimuló con una falsa sonrisa.
Odiaba interpretar un teatro con aquella mujer, pero esta era de armas tomar, y más vale tenerla como amiga que como enemiga, era un mero formalismo conversar con ella, pero había que tener muchísimo cuidado y medir las palabras con la "señora".
- Es que la jovencitas como tú sois muy asustonas.
Elena sonrió de nuevo.
- Será eso, me marcho para casa.
Aquello no parecio gustarle a Marina pues sus labios se arquearon mostrando su seriedad y enfado. Alargando la mano le agarró el brazo con fuerza, el semblante de Marina que con unos 45 años de edad mostraba ya los empates de una fuerte madurez y experiencia no hizo más que incomodar a la joven.
- Me ocultas algo, verdad? -. Aquella pregunta parecía mas una firme respuesta.
Un segundo antes de girar, Elena muy altiva se giró.
- Marina, estoy cansada. No tengo nada que ocultarte ni a ti ni al Sector 5. Ten mi bolso e inspeccionalo -. Le ofreció.
Marina no dejó de mirarle a los ojos ni un solo segundo, como si pudieran desvelar todos los misterios ocultos de su vecina, aquellos segundos fueron muy tensos pero fue Marina quien con una falsa sonrisa le sonrió y paultainamente le soltó el brazo.
- No hace falta, somo buenas amigas.
Elena sonrió de igual manera.
- Las mejores vecinas -. Contestó con tal hipocrecía que no hacía falta enmascararla.
Varias gotas cayeron desde el cielo a plena luz del día. Ambas miraron hacia arriba buscando las nubes. Inmediatamente despues unas sirenas se escucharon desde lejos, entendiendo así que el toque de queda había comenzado.
- Otro día tomaremos café juntas, verdad querida?
- Claro Marina, pero marchémonos antes de que nos arresten.
- En todo casi a ti, tonta no ves mi uniforme, soy del Circulo de Erika, yo soy quien arresta. A caso no te acordabas?
- Que tonta soy, es verdad.
De nuevo Marina le sonrió falsamente.
- De tonta nada, guapa. Tu de tonta no tienes ni un pelo.- Espetó.
De nuevo las miradas se mantuvieron unos segundos, las sirenas volvieron a sonar y Marina ropiendo aquel momento se dirigió a la avenida principal más cercana, Elena corrió hacia su portal antes de que los resortes dejaran bloqueados todos los accesos a los diferentes portales y quedara a merced de las patrullas pudiendo ser arrestada. Una vez entró en el portal se dirigió a la 5 planta y antes de abrir la puerta escuchó el gran murmullo que se formaba abajo en el portal supuestamente por el agolpamiento de los vecinos o transeuntes que buscaban un lugar para refugiarse.
Cerrando la puerta suspiró de nuevo. Con fuerza y sin esperarlo una personita le agarró la pierna desde atrás.
- ¡Te pillé, mamá!
Su madre sonrió y un agradable rostro se le configuró relajando el semblante. La presión de esas pequeñas manos se relajarón y unos pasitos irregulares marcaban la huida de la pequeña.
- ¡Pillame ahora a mi!
La madre se giró y observó a su hija como intentaba huir sin atender la ligera cojera que padecía esta desde su nacimiento. Los pasitos eras muy cortos pero seguros, como le había indicado su madre, al cabo de unos segundos la niña giró la esquina y reclamó a su madre que la buscara. Con pasos mi lentos comenzó la busqueda, y con un sigilo mal ensayado fue abriendo las puertas de la casa, primero fue a su dormitorio, luego el de ella, y allí tras las cortinas con dibujos de nubes unos rojos calcetines asomaban. La madre sonrió y como un gatito se arrodilló para agarrar esos pequeñito pies.
- ¡Te pillé! - su hija salió tras la cortina y la abrazó dandole muchos besos. Su madre sonrió.- ¿Preparamos juntas la comida?
La pequeña afirmó con una ligera inclinación de la cabeza, agarró la mano de su madre ya incorporada y se dirigieron a la cocina. Todas las luces de la casa estaban encendias tras el toque de queda, una medida que no afectaba a las economias familiares pues de forma automatica los ventanales de los hogares domoticamente se controlaba desde Sector 4 y estos ordenaban su cierre, siempre por seguridad, para no mostrar los perjuicios del agua a la luz del día. Cuando llegaron a la cocina, su madre saco del bolso una pequeña bolsita que depositó encima de la mesa descubriendo lo que dentro llevaba. La pequeña ya sentada en la silla tenia la cabeza apoyada sobre ambas manos observando todo lo que hacía la madre, le encantaba ver como su madre hacía cualquier cosa, todo lo que traía esta de la calle era algo nuevo, algo mágico.
- Eso que es, mama? - Señaló con el índice.
- Esto es un tomate.
- De que color es el tomate?
- Los tomates son rojos.
- Son rojos -. Repitió.- y ese?
- Esto es un pepino, y es de color verde.
- Verde. Mamá, el color verde es bonito?
- Todos los colores son bonitos, hija -. Explicó la madre acariciandole el cabello.
Durante un corto rato, le explicó todos los colores de las hortalizas que había podido conseguir hoy del Sector 3 gracias a un amigo. La madre interpretó con estos alimentos un cuento donde el Sr. Pepino era el alcalde de un pueblo imaginario, donde las Sras. Fresas eran unas niñas que contentas tomaban un sol de media mañana. Poquito a poco la pequeña aprendía los colores de cada uno de los alimentos. Siempre se lo repetía su madre pues para una niña con dos errores genéticos, taras como los llamaban otros, era imposible para ella distinguirlo a no ser que asociaran la clase de alimentos con los colores que su madre le repetía. Fue diagnosticada de discromatopsia y de dismetría en las caderas al nacer y su madre biologica la rechazó dejándola a su suerte a cargo del Estado que sufragaría su vida durante 3 meses, tras este periodo y sin que nadie se encargara de la tasa por vivir pasaría a ser vendida a laboratorios quimicos o a la venta total de organos para otros bebes con otro tipo de taras que se pudieran solucionar con los organos de la pequeña. En otro caso el Estado la dejaría morír sin asistencia en un lugar llamado Ultimo Hogar, donde los bebes no pasaban más de una semana sin que muriran de inanición. No todos los bebes con taras eran abandonados, solo aquellos que para los padres fueran una carga, pues los bebes sanos no pagaba tasas todo lo contrario que los tarados, bebes que con el tiempo sería una problema social y para los padres, padres que no podían hacerse cargo de dichas multas. Este Estado velaba siempre por el bien de todos sus congeneres a no ser que estos no fueran una carga para el mismo.
El agua que contenía la cocerola comenzó a hervir, Elena seguía limpiando los platos mientras su hija jugaba con las hortalizas; algunas redonda, otras alargadas y otras sin forma concretamente definida. Las amontonaban, las volvía a organizar por formas y de nuevo repetía los colores según recordaba.
- Me quieres ayudar? -. Preguntó su madre.
La niña de un brinco saltó de la silla y de pie esperó las ordenes de su madre.
- Si, mama.
Esta se secó las manos de los platos y se acercó a ella con una enrome sonrisa.
- Dame los guisantes, recuera que son pequeños y redondos como una pelota...
- ...Y de color verde como la hierba.
- Muy bien princesita, ahora me vas a dar los tomates. ¿ Podrías decirme cuantos hay sobre la mesa?
- Los tomates son rojos y hay - dijo señalando con el dedo -, uno y dos.
- Que lista es mi niña.- Gratificó la madre con un beso en la mejilla.
Uno por uno todos los alimentos fueron etiquetados y en algun caso correguido por la madre cuando la pequeña equivocaba. Cuando estuvieron todos en la bolsa Elena se diriguió a la casuela y los vertió con cuidado para no salpicar y encendió los inhibidores de olores para que cuando estos salieran a la calle nadie sospechara de tan raro olor. La gente desconfiaba de cualquier olor extraño que pudieran percibir. El Estado siempre estaba difundiendo el problema de tener un vecino extraño y ayudaba a la gente con incentivos a que denunciaran estas actividades raras, pues podrían estar fabricando explosivos o algo aun peor. Era muy extraño ver cocinar tan fresca comida y algunas personas podían mal interpretar estas esencias, otros por envidia pues poder conseguirlo era solo para gente muy bien adinerada o mediante el extraperlo, tecnica castigada duramente, tanto para el vendedor como para el que la adquiría. En este caso un amigo de Elena que trabajaba como biologo, de vez en cuando le suministraba excedentes que no pasaban los test idóneos para las pruebas de fertilidad y de forma disimulada se los entregaba dentro de un sandwich, total, no llegaban a 300 gramos de productos pero era lo suficiente para alegrar cualquier comida. Junto a la cacerola de comida, puso justamente al lado, otra a hervir con menos agua y ligeramente agregó un poco de gel de baño para que el olor se disimulara aun más.
La pequeña seguia admirando a su madre sentada de nuevo sobre la silla. Cualquier cosa que le preguntaba o pedía ella rápidamente daba una predisposición enorme, pues se sentía tan útil como querida, además la niña al pasar tanto tiempo en casa no disfrutaba de sus amigos no más de una vez por quincena, cuando abrían los parques públicos, mientras le era imposible costear una educación digna o cualquiera de los beneficios que todos los sanos ciudadanos podían placidamente costear.

Eran ya pasadas las 20:15 de la tarde y aun seguía lloviendo. Elena abrió el paso del agua caliente en el cuarto de baño y fue a la bañera para abrir y adecuar la temperatura del agua lo suficientemente templada para que la pequeña no le molestara la elevada temperatura. De color blanco, con una cocodrilo de color verde herencia de su infancia en la base, la bañera fue llenandose de clara agua que caía de forma regular por aquel grifo plateado. Tomó las cortinas de plastico y las abrió lo suficiente para que la niña no tropezara. Estas no mostraban ningún dibujo ni nada que se le pareciera, eran simplemente blancas. La madre encendió una segunda luz pues el toque de queda aun no había pasado y las ventanas aun cerradas no dejaban entrar ni una pizca de luz, todo magnificamente pensado para la seguridad de los ciudadanos, hace muchos años el protector Estado fue tomando control domótico de todos los edificios con la elegante excusa de ayudar a la población. Años atrás suprimieron el dinero como elemento primario de la economia, pues los grandes pensadores observaron que era el origen de todas las desigualdades sociales y este Estado derogó la moneda unica y creo los Bonos del Trabajo, unas tarjetas que te daban un virtual privilegio para comprar ciertos alimentos, servicios y mercancías. Según hubieras escalado y esforzado en la vida y según tus reconocimientos se te otorgaba la libertad de canjear dichos bonos en el material que desearas, en el caso de Elena al ser funcionaria podia optar a bonos de nivel 3 que incluia una vez a la semana 500 gramos de carne, una vez al mes 2500 gramos de hortalizas y las frutas en igual medida que estas ultimas. Lo que sí era de caracter general y practicamente gratuito las Especias, una pasta grisacea altamente calórica y con los suficientes aportes energeticos para poder vivir sin problemas, al menos era lo que décía la etiqueta.
- Ven preciosa -. Dijo a la pequeña que entraba por la puerta.
Cuando esta llegó, su madre fue desvistiendola y con un fuerte beso la ayudó a entrar en la bañera, Elena se desnudó de igualmanera y la acompañó. -¿ Está muy caliente o esta algo fria?
- Está calentita, mama.
- Recuerdas el color de nuestro amigo el cocodrilo?
- Verde como los gisantes y la hierba.
Su madre sonrió. Tomó la esponja cuadrada y amarilla y empapándola en el liquido elemento se la fue derramando por encima de la cabeza, la pequeña corriendo cerró los ojos y se tapó con las pequeñas manitas los grandes ojos que custodiaba. Los mofletes se tornaron rojos con el calor del agua y el pelo negro fue mojandose poco a poco dejando un brillo como si hubiera sido ungido en aceite.
- Ahora yo, mama.
La pequeña tomo la esponja cuadrada y amarilla y la sumergió de nuevo en el agua, su madre se inclinó para que su hija la mojara y poquito a poco fue mojando aquel cabello largo y castaño que su madre tenía. Tardó un buen rato para que todo el largo cabello se humedeciera, pero esta no paraba de ver a su hija que con mucho cuidado tomaba su pelo y la iba mojando. Con mucha paciencia la pequeña seguí tomando parte del cabello y lo mojaba una y otra vez hasta que quedó completamente humedo. Su madre se erguió y con una sonrisa gratificó aquel gran trabajo.
- Hija, te das la vuelta y te quito los nudos del pelo.
Esta, que era muy pequeña se encogió y su madre pudo darle la vuelta aun estando sentadita, luego la puso de espalda y comenzó a tocarle el liso pelo.
- Sabes que tienes un pelo muy bonito?
- De qué color es mi pelo, mama?
- Es castaño, como el mío.
- Como una castaña, mama?
Esta sonrió, aunque su hija no puedo apreciarlo.
- Claro, tu pelo es de color castaño como una castaña.- Luego tomó un pequeño peine de goma y comenzó a peinarla quitándole los pequeños nudos que se arremolinaban al termino del este.
- Mama.
- Dime....
- ¿Cómo es la lluvia?
De nuevo sonrió.
- La lluvia, que ¿cómo es?. Pues imaginate que vas andando por la calle, y una gotita de agua te cae del cielo, a continuación te cae otra, y si la lluvia no es muy abundante, ese agua te va acariciando y limpiando el rostro. Lo mejor de llover no es el agua sino la sensación que te produce esta cuando te acaricia.
- Y por qué no podemos ver la lluvia?
- Porque el Estado dice que es perjudicial para toda la población. Es mala.
- Pero si te acaricia, ¿por qué es mala?
- Porque lo dice el Estado. -Tras decir esta última frase, Elena quedó pensativa creyendo que ese Estado que la guardaba a veces decía un sin sentido. Cómo podía ser que el agua te hiciera daño, solo porque los supuestos contaminantes aereos podrían dañar tu piel de forma irreversible o porque aquellos que la ingirieran quedaría sin faringe por la corrosión de la misma. O sólo por el temor a que fueras arrestado por incumplir una orden que sólo queria salvaguardar a los ciudadanos. Sus pensamientos fueron más allá del tiempo, una época donde sus padres la sacaban a pasear y que cuando llovía la gente quedaba extasida viendo como ese agua del cielo, regaban los campos, limpiaba la atmosfera y aun recuerda como su madre sacaba las plantas al balcón para que tomaran esa rica agua proveniente del cielo. También se acordó del arcoiris, esa magía que la naturaleza formaba cuando luz y agua se unían. Hacía ya tanto años que no lo veía que le costó un suspiro de resignación acordarse de este. Por un momento quiso explicarle a la pequeña qué era el arcoiris, pero desistió pues no encontraba palabras para describirlo y cómo ser formaba. Por un momento se le pasó por la cabeza una tontería pero desistió.
- Mamá?
- Hija, quieres ver como es la lluvia?
Su hija con un aplauso exclamó.
- Sí, mama-. Esta se giró y contempló a su madre con esos grandes ojos.
No tardó más que unos minutos en llegar. La pequeña expentante no paraba de mover la cabeza para ver qué es lo que escondía su madre tras de sí. Esta sonrió pues le hacía mas ilusión a ella que a la pequeña.
- Cierra los ojos. La pequeña muy educada hizo caso a su madre tampandoselo con las manos.- No, con las manos no. Las manos junto a tu cuerpo y relajate.
La pequeña con los ojos cerrados mantuvo los brazos junto al cuerpo.
- Asi, mama?
- Si..., y ahora no vayas a abrirlos.
Elena agarró el grifo y adecuó la temperatura. Mientras, la pequeña hacía gestos como si quisiera averiguar lo que su madre hacía intentando imaginar aquellos raros ruidos que procedía de diferentes sitios. Segundos después aquellos ruidos cesaron.
- Ya, mama? Ya?
Su madre acercó el ingenioso invento a un metro sobre la cabeza de la pequeña que siguiendo sentada comenzó a caer agua desde el cielo. Un agujereado plastico formaban las gotas de lluvia mientras una esponja frenaba todo el liquido que el conducto del agua soltaba, tras esta, su madre regulaba con la mano derecha la potencia de la misma.
- Ahora hija, abre los ojos sin miedo y mira la cielo.- Aquel momento nunca lo olvidaría su madre, esa felicidad que su hija le mostraba mientras veía llover jamás se la borraría de su mente. Como si a camara lenta transcurriera, aquella imagen de ilusión gratificó tanto a su madre que pensó, que por momentos como esos merecía la pena vivir. Los minutos pasaron tan lentamente que las pequeñas gotitas de agua volvieron a acariciar de nuevo el rostro de una niña que aun con los párpados bien abiertos, unas bonitas pestañas guardaba y protegía unos ojos color violeta.
Cerrando el grifo su madre le beso en la coloreada mejilla. Tras secarla completamente se marcho dejando sola la bañera con una azulada agua y un verde cocodrilo.

El prisionero 378

El pasillo estaba bien iluminado, y con suerte podías observar que la noche anterior las limpiadoras no habían hecho bien su trabajo, pues aun quedaban restos de masa encefálica desperdigadas por parte de las brillantes paredes. Solto un suspiro de angustia y al observar el techo quedó horrorizado de lo que le parecio un riñon que pegado aun goteaba sangre.El guardia que lo custodiaba señalando el riñon susurró al oido del prisionero.
- Ese al menos tuvo suerte.
El prisionero se giró con los ojos bien abiertos mientras negaba, luego abrieron la puerta y entraron en otra habitación allí contempló a otro prisionero. 378 fue sentado frente a otro compañero de prisión.
- Ojalá te toque, ojalá -. Le deseó el guardia al prisionero de la habitación 378 susurrándole al oido mientras le señalaba aquel instrumento de tortura. Esos gritos agónicos pedían clemencia para que lo matasen. El prisionero 378 observaba ante sus ojos como un hombre de mediana edad sentado sobre la silla, se retorcía de dolor cada vez que volvían a girar el sacacorchos sobre la destrozada rodilla. Aun se podía oler el dulzor de la sangre cuando se quema. Un adjunto ayudante mantenía un hierro al rojo vivo a la espera que sacara ese sacacorchos y quemar la herida para que no se desangrara y muriera, como deseaba el prisionero. El mono gris que llevaba el prisionero y su etiqueta a la altura del pecho derecho no hacía más que crudecer el ambiente, aquel hombre con la cabeza gacha babeaba una saliva tan espesa como la de los caballos cuando llevan horas sin beber agua más no parecía que fuera ese el mayor problema del hombre, con rapidez le sacaron el sacacorchos de la rotula con agilidad e inmediatamente el ayudante penetro con maestría el ardiente hierro por el agujero dejado segundos antes. Aquel grito se pudo haber escuchado a kilometros de allí. De nuevo pidió que lo matasen. Los guardias tras el ademán del doctor tomaron al moribundo y lo sacaron de allí.
378 lo contemplaba sin creer lo que estaban viendo sus ojos, era imposible la crueldad que mostraban aquellos hombres sin que expresaran sentimiento de dolor alguno. Serían hombres sin alma o no tendrían corazón, o simplemente máquinas de torturar, y con qué fin. El doctor se dirigió al tocadiscos que sobre la mesa de utensilios acompañaba, con mucha tranquilidad limpió el disco con un trapo blanco que inmediatamente se lleno de sangre, luego, sin mirarle a la cara, se dirigió al único prisionero que quedaba, los guardia volvieron y los acompaño.
- Hoy, en tu honor, voy a poner la Lacrimosa, un Requiem de Mozart. Lo conoces? No lo creo, este tipo de discos se perdieron hace muchas decadas en el olvido, pero yo tengo una de las pocas copias que aun existen.
Se dió la vuelta y como si fuera un maestro balanceó de un lado para otro la nueva herramienta de tortura a modo de batuta y como si estuviera ante una orquesta cerró los ojos y comenzó a sentir aquellos coros mientras movia los pies a modo de vals. Que bella es la música, sabías que junto a la vida es lo único hermoso que el hombre ha creado?
378 se limitó a negar.
Con un ademán el doctor pidió que los dejaran sólos. El adjunto pidió un cigarrillo a uno de los guardias y los tres abandonaron la habitación.
- Que tal con 775? Preguntó uno de los guardias mientras exalaba la bocanada de humo de la primera calada
- Mejor que con 478 -. Comentó el adjunto mientras encendía el cigarro.
- Crees tu que 378 hablará? -. Continuó con su segunda calada.
- Has escuchado alguna vez Requiem de Mozart? Verdad que no. El doctor tiene un gran oído para la música y le encanta escuchar gritar a los prisioneros con esta obra maestra.
El segundo guardia que en ningún momento habló preguntó con ligera inocencia.
- Por que no le acompañas.
Este sonrió inhalando una gran bocanada de humo.
- El doctor me invita a salir porque no quiere verme vomitar.
Los tres se miraron y rompieron a reir sadicamente ante tal pregunta, aquellas risas resonaron de fondo pero aun seguía escuchandose aquella obra maestra.

Dentro de la sala de torturas 378 gritó cuando el ardiente hierro abrasaba parte del su torso derecho. El doctor muy altivo y orgulloso le reprendió tal bofetada que 378 apenas la sintió pues aun se retorcía de dolor. Volvieron a bofetearle la cara y en ese mismo instante un gran mango de goma introdujo en la boca del prisionero. El doctor se arrodillo junto a 378 y tirando al suelo el ardiente hierro le susurró al oido.
- Mirame y presta mucha atención.
El prisionero que babeaba del dolor no hizo caso. El doctor tomo su rostro a la altura de la barbilla y dirigió su mirada a el. Esta vez el sadismo propio de minutos antes cambió a la de una persona preocupada y muy nerviosa.
- Mirame imbécil- repitió -, dime, ¿formas parte del Circulo de Mayer? Respóndeme!
378 seguía babeando. Joder! Tengo poco tiempo y necesito que grites. Respondeme, formas parte del circulo de Mayer?
El prisionero cabizbajo con los ojos perdidos y la visión nublada apenas hacía audible sus palabras. El doctor se dirigió al lavabo y tomando un vaso de agua se lo lanzó a la cara. Esta, que estaba fría hizo reaccionar al prisionero que por unos momentos recobró la cordura y la conciencia. Tosió y el doctor le quitó la goma de la boca.
- Callate y no digas nada. Presta atención -. De nuevo tomó la cara y la dirigió hacia el. - ¿Formas parte del Circulo de Mayer?
Aun babeando negó. Agarró el hierro ardiente y se lo enseñó al prisionero.
- Perdoname pero tendrás que gritar más fuerte, hace más de 2 minutos que nadie escucha tu dolor. Volviendo a llenar el vaso de agua se la derramó por la espalda y allí grabó con fuego ardiente.
El grito fue de nuevo bastante agónico. Tras esto, retiró rápidamente el hierro tomando antisépticos que derramó sobre la espalda, este gesto aun llenó de dolor al paciente.
- Disculpa pero si no hago esto tendrás una infeccion impresionante. Te estoy derramando agua oxigenada para que desinfecte la herida. Vas a tener unas marcas bastantes atractivas. -El prisionero sin preverlo el doctor se desmayó cosa que de un imprevisto salto agarró el doctor -, Joder, no te desmayes ahora, ahora no. Acomodandolo a la silla, agarró una cuerda y lo ató a la misma. Varios leves tortazos hizo que se espavilara y tomar conciencia. La mano se le lleno de ingente baba. - Por dios! Que asco, pareces un bebe. Vamos a ver, cuántos dedos ves aquí?
Con la mirada perdida 378 apenas entendia.
- Cuantos dedos ves aquí?
- Dohh....- escupio - dohhh.
- Bien, contestame, ¿formas parte del Circulo de Mayer?
- Dohhh.
- Dos o no? Joder no te escucho - Mira, cuando esos de ahí afuera terminen de fumarse el cigarro entrarán y ya no podré hacer nada por salvarte la vida. Lo entiendes? -El prisionero comenzó a dar arcadas...e involuntariamente la última arcada hizo bomitar a escasos centímetros del doctor que de un salto cayó en el suelo -. Joder, que asco de tio. Incorporándose de nuevo se acerco, le volvió a derramar agua sobre la cabeza.- Mira, esta es tu última oportunidad; ¿de color son los enanitos que vendo? Contestame imbécil! - Le susurraba al oido. En ese mismo instante la puerta se abrió entrando con altivez un nuevo personaje.
- Buenas Mariskal! - Saludó el doctor con severo nerviosismo.
- El prisionero? - Preguntó con arrogancia.
- Aun no ha hablado, pero hablará.
- 50 miligramos de Hidroxisilina.
- Déjemolo a mi, hablará.
- El tiempo apremia, y tenemos un confidente.
Ambos miraron al prisionero que entre susurros solo articulaba una palabra.
- Ver...de...verd....eh.
El doctor disimuladamente relajo su semblante y una ligera sonrisa se le escapó.
- Qué está diciendo 378, que coño es eso de verde? Por qué ha sonreido usted, doctor?
El doctor con evasiba disimulancia volvio a sonreir.
- Mariskal...esto no ha hecho nada más que empezar.
- Pues termine, si 378 no sabe nada, mátelo. Tenemos nuevos prisioneros por interrogar y tiempo es lo menos que nos sobra.
378 comenzó a reir con verdadera locura bociferando a todos los presentes.
- Verde! Son verdes!

La habitación numero 7

Después de hacer el amor, ella se quito de encima y se tumbó junto a el, ambos quedaron en la cama relajados y liberados de endorfinas. La lamparita de la mesita de noche emitía una pobre luz que no molestaba a la pareja, pues era luz compañera y la complice de historias de amor fugaz como estas. Durante poco más de un minuto no se dirigieron la palabra el uno al otro y siguieron contemplado el techo mientras las pausadas y profundas respiraciones rompían la serenidad de aquella habitación. El giró buscando la cajetilla de tabaco, en la posicion en la que se encontraba su mano derecha quedaba inmovilizada y la izquierda hacía todo lo posible para agarrar el dichoso cigarrillo, una vez entre sus dedos tomó el encendedor y volvió a tumbarse.
En un gesto casi involuntario, la mano de ella se posó sobre la del cigarro.
- No por favor. No fumes ahora, hazlo luego.
De un pequeño tirón se deshizo del brazo que ligeramnente lo aprisionaba. Ella se giró para verle la cara y le sonrió mientras le acariciaba el cabello.
- Despues de hechar un polvo, es lo que más me gusta, el cigarro de después.
Aquella frase torvó la sonrisa de la joven soltando un profundo respiro.
- Un polvo. Muchas gracias. Podría por lo menos abrazarme despues de hechar el puñetero polvo, ¿no?.
- Tranquilizate guapa, que mientras botabas encima no te quejabas.- Inhaló la primera calada.
- Pero serás hijo de puta...- Con esta frase se levantó de la cama tomando sus prendas intimas.
- Mide tus palabras, la puta en esta habitación no soy precisamente yo.
- Cabrón! - Espetó.
- Y vuelta al principio, " cabrón, no pares...", " sigue, sigue...ahhh" esa es la frase que decías una y otra vez, no lo recuerdas?.- Sonrió.
Tomo el sujetador y se ajustó bien su abundante pecho.
- Sólo quería que me abrazaras, quería sentirme una mujer querida y protegida, quería sentirme segura y guapa. Solamente eso, un abrazo después de hacer el amor significa todo eso, quería sentirme una mujer. Y haber perdido tanto tiempo para que al final fueras otro como tantos otros, si es que soy gilipollas.
- Te creistes una princesa.
Aquel comentario la lleno de cólera.
- No vuelvas a decir eso nunca! Lo has escuchado, nunca lo vuelvas ni a mencionar!
Este casi se traga el humo al verle el rostro.
- Tranquilizate, princesita -. Intentó relajar mostrandole las palmas de las manos.
Ella tomó la caja de preservativos que sobre la encimera quedaba y se lo tiró a la cara.
- Ahí los tienes, follate ahora a quien te plazca. A mi, ya me has perdido. No tienes ni puñetera idea de lo que podrías haber conseguido.
- He conseguido precisamente lo que queria, saber cómo te mueves en la cama. Y sinceramente, tampoco lo haces muy bien.He sido yo quien en todo momento ha estado moviendo la pelvis y empujando.
- Joder! Qué asco de tio. No, si ya me lo decían a mi, ten cuidado con los tios con labia que te llevan a la cama.- Comentó mientra se ajustaba la falda.
- Por cierto, ese color de labios que llevabas te hace más puta de lo que eres.
- Malnacido.
- Pero, qué te pasa, es que no sabes como funciona el mundo? - apago el cigarro y se incorporó buscando su ropa -, acaso pensabas que por tres tonterias que te dijera en diferentes noches ibas a pensar que te quería? Tu - dijo con desdén -, ¿de donde has salido, de un cuento de hadas? O crees que en el mundo aun existen principes azules. Preguntate eso la proxima vez que te estés follando a otro tio. Bueno...mejor aun, cuando te estén follando.
Levantando la cabeza le miró a los ojos y mordiendose la lengua agarró el picaporte de la puerta y salio de la habitación con un fuerte portazo. Descansó sobre la puerta y quedó mirando el techo del pasillo de aquel hotel que eligió para su noche de amor, los ojos se le llenaron de lagrimas y maldeció su triste suerte. Soltó los largos tacones que aun mantenía en el brazo izquierdo y se enjugó las lagrimas, luego se alisó su falda negra y se puso los tacones. Una vez dentro del ascensor no dejó de hablar consigo misma y buscar en su pequeño bolso las llaves del coche.

- Fui gilipollas! Ya ves princesa, muerde el polvo. Un dineral en los tacones para que me realzara el culo, ropa interior bastante picante con liguero como le gustan a los hombres, un buen perfume para que me desmostrara toda su pasión.
El timbre del ascensor sonó y las puerta se abrieron, algo más relajada se dirigió a la puerta del hotel, el recepcionista reclamó su atención. Ella se giró.
- Se marcha usted señora?
- Si. Me marcho, le puedo ayudar en algo?
Con una educada sonrisa le comentó:
- Deberá usted de abonar la habitación
- La abonara el caballero.
- Lo lamento, pero es usted quien reza registrada en el hotel, y usted es quien deberá de pagar.
- No, si ya digo yo, que soy gilipollas.
- Señora, no la entiendo.
Ella con una ensayada sonrisa se dirigió al mostrador y abonó los 59 euros que le reclamaban, acto seguido se despidió de este, tomó de nuevo dirección sur y accionó la apertura del coche, una vez dentro de este puso musica romántica y quedó durante unos minutos descansando. Abrió la guantera de su coche y tomo un cigarro que encendió sin premura alguna, tomando una gran bocanada de humo lo expiró con fuerza al recordar la escena vivida en la habitación, luego negó con la cabeza, volvió a inhalar y acto seguido tiró el cigarro por la ventanilla del vehiculo. Eran ya pasadas las cuatro de la mañana y la noche hubiera estado muy cerrada de no ser por las inmensas estrellas que brillaban imponentes allá en el cielo. Durante unos segundos quedó extasiada observando la bóveda celeste. Durante un instante quedó observando un cúmulo de estrellas y maldeció.
- Que tonta fuí.
Arrancando el coche inició la marcha a casa.